El robo protagonizado el viernes 16 de enero de este año en la autopista General Paz por una banda integrada por siete delincuentes se convirtió en el asalto más espectacular de la historia reciente. En, literalmente, una coreografía criminal, dos motos Ducati y Honda de alta cilindrada y dos autos de apoyo rodearon a uno de los mayores empresarios del Mercado Central, para robarle $25 millones en efectivo en plena autopista, a la altura de la calle Chávez mientras viajaba a bordo de su camioneta DS Crossback.
"Sospecho que este hecho no fue al azar, no fue al boleo, fue algo planeado, con una inteligencia previa, fueron dos motos abordadas por cuatro personas que directamente se acercaron a mi auto sabiendo que la mochila con dinero estaba guardada en el piso del lado del acompañante, porque buscaban eso. Rompieron los vidrios sabiendo que las había guardado ahí", aseveró el empresario en su testimonio posterior ante la Justicia.
No se equivocaba. Al menos, según lo que descubrió la Justicia misma: alguien que debía cuidarlo lo traicionó desde adentro.
Hoy, siete sospechosos capturados por la Policía de la Ciudad se encuentran presos y procesados por el caso, entre ellos el presunto líder de la banda: Leonardo Balmaceda, condenado por narco años atrás tras una intensa instrucción del fiscal Andrés Madrea y el equipo de la Fiscalía N°14, con un pedido de procesamiento de 158 páginas. Las pruebas en su contra están basadas en relevamientos de cámaras, chats de los imputados, el análisis forense al celular del capo de la banda, cruces de causas previas, rastros de papeles de autos y hasta sus seguros.
Uno de los presos y procesados es, precisamente, Andrés Carrizo, un ex preso encargado de monitorear las cámaras de seguridad del Mercado Central, el presunto entregador del empresario.
A Carrizo "se le atribuye haber aprovechado su condición de empleado de seguridad de custodio de la persona ejecutiva de la empresa damnificada, desempeñándose en la sala de monitoreo ubicada en la cochera jerárquica, desde donde tenía a su cargo la visualización de las cámaras de seguridad allí emplazadas y, además, visión directa de dicho sector", aseveró el fiscal en su imputación. La empresa de seguridad para la que Carrizo trabajaba hace poco más de un mes antes del asalto, insólitamente, había sido contratada por la empresa de la víctima.
Según el planteo de Madrea, Carrizo estudió sus movimientos, incluso enviándole videos de días previos a Ezequiel Roda, uno de los presuntos protagonistas del asalto, su vecino en Wilde, que vivía a tres puertas de su casa, una clara marca de inteligencia. Las comunicaciones entre Carrizo, Roda y Balmaceda están acreditadas en la causa. "El que maneja las cámaras me lo pasa", aseguró Roda a Balmaceda en un chat horas antes del asalto. Pero la prueba fuerte, aquí, está en video.
La secuencia de cámaras de seguridad del caso -que ilustra esta nota- permitió establecer que Carrizo se encontraba en su puesto a las 16:40 del 16 de enero, con una perfecta visión de los movimientos del empresario.
Al verlo retirarse, según reconstruyeron los investigadores, Carrizo -chofer de aplicación según él mismo- dejó su puesto, para dirigirse a un punto ciego, donde las cámaras no podrían verlo, y así escribir por celular. Segundos más tarde, la banda comenzaba a seguir al empresario.
"La sincronización entre la información proporcionada desde el centro de monitoreo, la presencia de los vehículos en las inmediaciones y la ejecución del hecho pocos minutos después demuestra que Carrizo efectuó un aporte previo, deliberado y esencial para su concreción", continuó Madrea. El empleado de seguridad infiel, por su parte, se negó a declarar en su indagatoria por consejo de su defensa.
El 23 de octubre último, la Sala 7 de la Cámara Criminal y Correccional dispuso la prisión preventiva de Carrizo, que no había sido dictada por el juez de instrucción del caso Santiago Quian Zavalía. Por otra parte, confirmaron su procesamiento, con un claro eco de los términos del fiscal.